jueves, 25 de abril de 2019

La Semana Santa y los españoles

Existen en el idioma alemán dos expresiones que me sorprendieron cuando las conocí: "Stolz wie ein Spanier" - "orgulloso como un español"- y "das kommt mir Spanisch vor" - "eso me suena a español"-. Ambas nos dan una idea de cómo nos perciben por Centroeuropa. No son expresiones injuriosas o vergonzantes; simplemente, a los germanos les parecemos un pueblo con costumbres e idioma incomprensibles y resultamos orgullosos.

No hay otra época a lo largo del año como la Semana Santa en España para corroborar algunos prejuicios sobre nosotros y nuestro país. A lo largo de la semana pasada, era frecuente ver a ciudadanos de cualquier parte del mundo observar los ritos y costumbres que impregnan los días santos con expresiones faciales de todo tipo, menos de indiferencia.

En Japón, país donde está mal visto decir una palabra más alta que otra, pensarán que algo nos sucede cuando al paso de una de las figuras que representan la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, sale por el balcón un ciudadano cualquiera y canta a pleno pulmón una saeta con gesto y voz emocionada. Aunque es muy típico del sur, por el norte no nos quedamos cortos: las tamboradas ensordecedoras resultan, al menos, curiosas si nos esforzamos en verlas desde fuera.

Suizos y alemanes, que no toleran retrasos de escasos minutos y donde llegar tarde es una grave descortesía, supongo que tratan de encajar en sus esquemas los horarios orientativos dentro de los cuales la circulación puede quedar afectada con motivo de las procesiones.

Procesiones que podrían llegara ser intimidantes, sobre todo de noche: olor a incienso, velas, silencio. Y en la cima de que cosas sorprendentes para desconocedores de nuestras costumbres: capirotes. Especialmente sobrecogedores si el turista procede de Louisiana o Alabama.

Por no hablar de la gastronomía propia de esos días, que sin alcanzar la opulencia navideña consiste en esas "torrijas", tan españolas como el Quijote, tan peligrosas como una antorcha en un polvorín: pan, azúcar, canela, leche, limón, aceite... simple en principio, si bien el conjunto es mucho más que la suma de las partes.

España y su Semana Santa: un país donde la mayoría de ciudadanos se dicen o bien no creyentes o bien católicos no practicantes, pero que llena sus calles e iglesias en la semana que sucede a la primera luna llena tras el equinoccio de primavera.

Regreso

Con algo de rubor por haber tenido abandonada mi afición a la escritura a la que quise darle salida a través de un blog y con el temor de que la blogosfera sea una ciudad fantasma olvidada en los innumerables rincones de Internet, me aventuro a volver por aquí, con la ilusión de que la variada temática que intentaré humildemente ofrecer a quien quiera leer (cine, libros, viajes, curiosidades, comportamientos sociales, etc.) sea amena para el lector como lo es para mí sentarme y teclear.

martes, 11 de julio de 2017

El español no es machista; vosotros sois sexistas.


Parece claro que cuando nos encontramos enfermos acudimos al médico; que cuando nuestro vehículo se avería acudimos al taller; que cuando tenemos dudas legales contratamos los servicios de un abogado; que cuando queremos hacer dieta solicitamos el asesoramiento del un nutricionista. Pues bien, no debería parecernos extraño que si tenemos dudas lingüísticas, acudamos a la Real Academia Española.

Muy cansado en los últimos años de ver cómo los autollamados progresistas de este país emplean en su pedante verborrea un desdoblamiento de género agotador para el oyente, con el pretexto de ser más inclusivos, decido investigar un poco sobre el asunto. Hallo esta opinión experta:

"Los ciudadanos y las ciudadanas, los niños y las niñas

"Este tipo de desdoblamientos son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico. En los sustantivos que designan seres animados existe la posibilidad del uso genérico del masculino para designar la clase, es decir, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos: Todos los ciudadanos mayores de edad tienen derecho a voto. La mención explícita del femenino solo se justifica cuando la oposición de sexos es relevante en el contexto: El desarrollo evolutivo es similar en los niños y las niñas de esa edad. La actual tendencia al desdoblamiento indiscriminado del sustantivo en su forma masculina y femenina va contra el principio de economía del lenguaje y se funda en razones extralingüísticas. Por tanto, deben evitarse estas repeticiones, que generan dificultades sintácticas y de concordancia, y complican innecesariamente la redacción y lectura de los textos.

"El uso genérico del masculino se basa en su condición de término no marcado en la oposición masculino/femenino. Por ello, es incorrecto emplear el femenino para aludir conjuntamente a ambos sexos, con independencia del número de individuos de cada sexo que formen parte del conjunto. Así, los alumnos es la única forma correcta de referirse a un grupo mixto, aunque el número de alumnas sea superior al de alumnos varones".

Dicho esto, se deduce que:

1. El empleo del masculino inclusivo en ningún caso o casi nunca, si el contexto es lo bastante completo, da lugar al oyente o lector a pensar en que el orador o autor se está refiriendo única y exclusivamente a los varones.

2. El desdoblamiento es una técnica lingüística incluso necesaria en español cuando se pretende enfatizar la oposición entre dos grupos por razón del sexo. Por tanto, ese desdoblamiento que pretende incluir podría estar, de hecho, agravando la diferencia entre personas por razón de su sexo.

3. Sobrecarga el lenguaje por razones de burdo politiqueo y genera  defectos de concordancia gramatical.

4. Emplear un reiterativo e innecesario desdoblamiento presupone la incapacidad del oyente de saber interpretar el uso del género masculino como incluyente.
5. Supone un trato condescendiente y paternalista a las mujeres, cuya mayoría no se siente excluida por esta concreta realidad lingüística y no necesita que politicuchos y catedráticos demasiado ociosos anden dando la brasa a los incautos o desafortunados que les escuchan. Están, pues, tratando de incluir, pero remarcando la diferencia entre sexos. Sustituyen un presunto "machismo del lenguaje" por un evidente sexismo proveniente de su dura mollera.



viernes, 5 de mayo de 2017

Sobre la punta de un lapicero

Un niño lo empuña con una adorable torpeza; y escribe, orgulloso por su logro y tal y como le han enseñado en la escuela, su nombre por primera vez, sobre un trozo de papel que encontrarán muchos años después en el diario de su madre.
Una chica pone a prueba su pulso mientras lo hace surcar a lo largo de sus párpados. Son ya pasadas las 10 de la noche y el timbre ya ha sonado, demandante de su presencia, aunque sin impaciencia. Pero sabe que a quien hay abajo no le importa esperar otros 10 minutos si ella va a estar media hora más guapa, si cabe.
Un comerciante lo aprieta entre sus labios, a falta de manos libres, mientras cuenta y recuenta las estanterías, haciendo el inventario de madrugada. Teclea sobre la calculadora, lo recoge de entre sus dientes y sonríe. Pese a que tendrá menos horas de sueño, acaba de escribir una cifra en negro que le permitirá irse de vacaciones.
Una doctora lo usa para garabatear una receta, mientras le dice al angustiado familiar que no se preocupe, que su anciana madre está sana y mejorará pronto.
Un jubilado resuelve con él crucigramas con la película de los sábados de fondo. Acaba de colgar el teléfono con una sonrisa. –“Abuelo, sé escribir mi nombre”-, le ha dicho su nieto. Mira sus arrugados dedos, castigados por la artrosis y los años de trabajo, y rememora sus lecciones de caligrafía de la escuela.
Un nervioso novio escribe un mensaje en la nota que acompañará al primer ramo que le quiere regalar a ella. Han quedado a las 10, pero cuenta con que tendrá que esperar en su portal. Ella siempre apura los minutos para perfilarse bien con su sombra de ojos y a él eso le encanta. Mientras escribe, el florista sonríe por el cariño tan genuino que ve en el joven, a pesar de que le toca una noche en vela de inventario y cierre de mes, intrigado por si ganará lo suficiente para irse de vacaciones.
Un boticario deja anotado el pedido pendiente que le acaban de hacer, prescrito por una doctora que con su bonita e inconfundible letra rompe prejuicios sobre la caligrafía de los médicos, quien rehúsa de los modernos e impersonales bolis de propaganda. Como desde hace años, él corre con los gastos de su clienta a escondidas, pues sabe que su pensión es tan mísera como grande el orgullo de la viuda.
Un grupo de amigos de viaje de estudios se hallan en una plaza donde hay una catedral, trazando sobre el plano la ruta que les queda por delante, tentados de preguntar a un dibujante que replica sobre su papel una cúpula de un estilo que no alcanzan a identificar y que está sentado a escasos metros, pero temen no hablar su idioma.
Una maestra de colegio rellena la cartilla de las notas a mano, ajena a ordenadores que no le permiten recoger de forma personalizada los avances de sus alumnos. Escribe, tacha, borra con la goma de Milan, lo mete dentro de la cuchilla metálica y sacude los restos en la papelera. Ha sido una semana agotadora: ha enseñado a los niños a escribir su nombre.
Un estudiante mancha de carbón una lámina que apenas puede sostener, sentado sobre una silla plegable, cansado, sediento y al sol, rodeado de ruidosos turistas extranjeros a los que le gustaría orientar si conociera su lengua, frente a una catedral. Contento, porque por fin pudo estudiar Historia del Arte.
Un carpintero se lo coloca tras la oreja, a la vieja usanza. Empuña el metro, mide, marca. Está en el dormitorio nuevo de una joven pareja que se encaprichan con un dosel para la cama. Una cama de dos metros con sábanas blancas suaves de lino que ha sido apartada. Un dosel destinado con el tiempo a ver madrugones, mañanas de domingo de acurrucarse sin prisas, discusiones y enfados que se terminan en un abrazo y en cigüeñas viniendo de París.
Un marinero raya grises sobre el mapa, antes de zarpar, diseñando la ruta donde faenará esa semana. Triste. Por primera vez en veinte años lo hará solo: su hijo se ha ido a la capital a estudiar Historia del Arte. Feliz, porque al fin pudo pagarle a su hijo la universidad.
Un ojeroso escritor traza versos y párrafos con la misma facilidad con que los desecha, arrepentido y frustrado, amontonando hojas y virutas de madera junto a la taza del café que le mantiene despierto. Mira su ordenador, sintiendo que le ha traicionado porque, de forma incomprensible para un hombre de letras como él, se apagó para no volver a arrancar, preguntándose dónde tendrá guardada la Underwood de su abuelo, que no por antigua deja de ser infatigable a los apagones de luz y a las actualizaciones de software, ahora escondida tras pensar un día que “aquí no hay más que trastos”, como si se hubiera ofendido y se burlara del nieto de quien fue su dueño.
Un padre señala sobre la pared la estatura de sus dos hijas gemelas el día que cumplen 8 años, encima de otras siete marcas. Las niñas esperan, ansiosas, a que su padre diga, metro en mano, quién ha ganado este año. El padre sonríe para sus adentros, preguntándose qué será de ellas en otros ocho años.
Un policía rellena con prisas el atestado de un recién detenido, deseando que su turno no se alargue porque ha quedado con su chica a las 10.
Una bibliotecaria de la facultad anota la fecha de devolución de un libro sobre la Capilla Sixtina, escrito por un catedrático de arte renacentista cuya biografía aparece en la contraportada: algo sobre el hijo de un marinero.
Un autor rubrica su nuevo best-seller a una adolescente que le tiende un ejemplar de la primera edición, donde ha escrito: “para mi hermana gemela, en el día de su 16º cumpleaños”.
Y todo ello, con la punta de un lapicero.
F.A.M.
4 de mayo de 2017

lunes, 27 de marzo de 2017

Piedras en el camino

Finales de marzo. El buen tiempo se empieza a dejar ver entre un día de viento y otro de lluvia. Hace exactamente un mes y una semana que el que escribe ahora recibió el aprobado de su último examen de la oposición del nivel A1, la categoría más alta en la función pública.


Toma asiento, mientras espera, y echa la vista atrás. Se acuerda ahora del sacrificio contenido en miles de horas de entrenamiento y otras tantas de estudio: El frío, la lluvia y el calor corriendo por el parque; el dolor y los callos en las manos de la barra de dominadas; las lesiones que te lastraban por querer buscar los límites; las noches de viernes y sábados en los que eras el primero del grupo de amigos en irte a casa viendo en la cara del resto una mezcla de fastidio y comprensión (eso, las noches que salías); los madrugones que empalmabas con el café de después de la cena para aguantar un poco más; el día de Año Nuevo consultando jurisprudencia penal mientras tus contactos de Whatsapp guardaban silencio, pasando la resaca de Nochevieja o simplemente en alguna casa rural con sus amigos o pareja; las interminables horas de academia; los viajes a la ciudad del examen y los nervios que te invadían la noche de antes; la tarde que te quedaste dormido en una terraza en una reunión de ex-compañeros de carrera porque habías descansado pocas horas la noche anterior y venías de haber hecho series de fartlek; la sacarina que le echabas al desayuno y el trozo de pizza o turrón de Navidad que no comiste, o el Aquarius que te pediste una "tarde de cerveceo", todo ello porque había que reducir lastre y pulir la forma física; las novelas que no leíste porque, al llegar a la cama, 10 horas diarias de lectura de manuales y Códigos habían copado tu capacidad de lectura ese día; el viaje de verano que no pudiste hacer para jugar un torneo de fútbol con los amigos de siempre porque había que evitar lesiones y una semana de estudio es irrecuperable; la arena que tenía tu Código Penal en septiembre, pues fue el único libro privilegiado que te acompañó cuando tras dos años te diste la licencia de unas vacaciones.

A todo ello le siguieron las satisfacciones y orgullo personal y de familiares y amigos que llegaron conforme aprobabas los exámenes: las pruebas físicas y el test y caso práctico, con holgadas notas que te devolvían todo el esfuerzo y sacrificio y te confirmaban que eso era lo tuyo, que habías elegido tu camino correcto en la vida. Con la ilusión y el derecho de quien ha aprobado una oposición, se formularon enseguida planes en la mente sobre viajes, un modesto coche, cursos sobre algún hobby, financiados con la seguridad que ofrece pensar que por mérito propio aguarda un puesto en la Administración Pública, a la que quieres contribuir por verdadera vocación. No hiciste todo eso para "ser funcionario": ser funcionario era una consecuencia de que te permitieran ingresar en un cuerpo donde servirías al ciudadano y a tu sociedad. Tras tanto tiempo renunciando a ingresos inmediatos, mientras tu círculo tenía vida independiente y disfrutaba de los gastos que podían costearse con su trabajo, ahora era el momento de recibir las primeras recompensas. ¿Era como para estar contento, no?

"I-063, Mesa 4", reclama una voz artificial a través de un altavoz de una oficina pública de empleo. Arrastras tus pies hasta un cubículo donde te espera una de esas personas con toda la pinta de haber opositado, como tú (quizá con algo más de calma y menos callo), pero con el objetivo de vivir bien en la Administración y la sociedad y no para ella. Ni siquiera te saluda. Recoge tu DNI y te medio reprocha que en 3 años no has renovado tu solicitud como demandante de empleo. "Estaba en otros proyectos", empiezas a decir, pero enseguida te lanza una retahíla de categorías profesionales que tú mismo les diste nada más acabar la carrera. Ni siquiera la escuchas, solo quieres que te renueve en tu condición de demandante de empleo, algo que un ciudadano cualquiera podría hacer desde su casa con un ordenador. Te devuelve la documentación y pulsa el botón para que pase a algún otro usuario de los servicios públicos de empleo. De camino a la salida, te detienes a mirar el tablón de anuncios de ofertas de empleo y en apenas 2 minutos te das cuenta de que de ahí no saldrá tu próxima ocupación.

En ese momento ves con nitidez el instante en que un enfermero quiso tomar más protagonismo del que le correspondía en tu vida, impidiendo que siguieras por el camino que con sangre y sudor habías limpiado de piedras, tirándotelas todas ellas a la vez encima y obligándote a seguir por otro camino que todavía no estaba en el mapa siquiera. Un camino de quién sabe cuántos kilómetros y jornadas de marchas forzadas. Un mundo comparado con lo cerca que estuviste de tu destino: a nada más y nada menos que 1 cm.

Que la tierra te sea grave, hijo de puta, y algún día alguien o algo te reclame por ello.