Finales de marzo. El buen tiempo se empieza a dejar ver entre un día de viento y otro de lluvia. Hace exactamente un mes y una semana que el que escribe ahora recibió el aprobado de su último examen de la oposición del nivel A1, la categoría más alta en la función pública.
Toma asiento, mientras espera, y echa la vista atrás. Se acuerda ahora del sacrificio contenido en miles de horas de entrenamiento y otras tantas de estudio: El frío, la lluvia y el calor corriendo por el parque; el dolor y los callos en las manos de la barra de dominadas; las lesiones que te lastraban por querer buscar los límites; las noches de viernes y sábados en los que eras el primero del grupo de amigos en irte a casa viendo en la cara del resto una mezcla de fastidio y comprensión (eso, las noches que salías); los madrugones que empalmabas con el café de después de la cena para aguantar un poco más; el día de Año Nuevo consultando jurisprudencia penal mientras tus contactos de Whatsapp guardaban silencio, pasando la resaca de Nochevieja o simplemente en alguna casa rural con sus amigos o pareja; las interminables horas de academia; los viajes a la ciudad del examen y los nervios que te invadían la noche de antes; la tarde que te quedaste dormido en una terraza en una reunión de ex-compañeros de carrera porque habías descansado pocas horas la noche anterior y venías de haber hecho series de fartlek; la sacarina que le echabas al desayuno y el trozo de pizza o turrón de Navidad que no comiste, o el Aquarius que te pediste una "tarde de cerveceo", todo ello porque había que reducir lastre y pulir la forma física; las novelas que no leíste porque, al llegar a la cama, 10 horas diarias de lectura de manuales y Códigos habían copado tu capacidad de lectura ese día; el viaje de verano que no pudiste hacer para jugar un torneo de fútbol con los amigos de siempre porque había que evitar lesiones y una semana de estudio es irrecuperable; la arena que tenía tu Código Penal en septiembre, pues fue el único libro privilegiado que te acompañó cuando tras dos años te diste la licencia de unas vacaciones.
A todo ello le siguieron las satisfacciones y orgullo personal y de familiares y amigos que llegaron conforme aprobabas los exámenes: las pruebas físicas y el test y caso práctico, con holgadas notas que te devolvían todo el esfuerzo y sacrificio y te confirmaban que eso era lo tuyo, que habías elegido tu camino correcto en la vida. Con la ilusión y el derecho de quien ha aprobado una oposición, se formularon enseguida planes en la mente sobre viajes, un modesto coche, cursos sobre algún hobby, financiados con la seguridad que ofrece pensar que por mérito propio aguarda un puesto en la Administración Pública, a la que quieres contribuir por verdadera vocación. No hiciste todo eso para "ser funcionario": ser funcionario era una consecuencia de que te permitieran ingresar en un cuerpo donde servirías al ciudadano y a tu sociedad. Tras tanto tiempo renunciando a ingresos inmediatos, mientras tu círculo tenía vida independiente y disfrutaba de los gastos que podían costearse con su trabajo, ahora era el momento de recibir las primeras recompensas. ¿Era como para estar contento, no?
"I-063, Mesa 4", reclama una voz artificial a través de un altavoz de una oficina pública de empleo. Arrastras tus pies hasta un cubículo donde te espera una de esas personas con toda la pinta de haber opositado, como tú (quizá con algo más de calma y menos callo), pero con el objetivo de vivir bien en la Administración y la sociedad y no para ella. Ni siquiera te saluda. Recoge tu DNI y te medio reprocha que en 3 años no has renovado tu solicitud como demandante de empleo. "Estaba en otros proyectos", empiezas a decir, pero enseguida te lanza una retahíla de categorías profesionales que tú mismo les diste nada más acabar la carrera. Ni siquiera la escuchas, solo quieres que te renueve en tu condición de demandante de empleo, algo que un ciudadano cualquiera podría hacer desde su casa con un ordenador. Te devuelve la documentación y pulsa el botón para que pase a algún otro usuario de los servicios públicos de empleo. De camino a la salida, te detienes a mirar el tablón de anuncios de ofertas de empleo y en apenas 2 minutos te das cuenta de que de ahí no saldrá tu próxima ocupación.
En ese momento ves con nitidez el instante en que un enfermero quiso tomar más protagonismo del que le correspondía en tu vida, impidiendo que siguieras por el camino que con sangre y sudor habías limpiado de piedras, tirándotelas todas ellas a la vez encima y obligándote a seguir por otro camino que todavía no estaba en el mapa siquiera. Un camino de quién sabe cuántos kilómetros y jornadas de marchas forzadas. Un mundo comparado con lo cerca que estuviste de tu destino: a nada más y nada menos que 1 cm.
Que la tierra te sea grave, hijo de puta, y algún día alguien o algo te reclame por ello.
En ese momento ves con nitidez el instante en que un enfermero quiso tomar más protagonismo del que le correspondía en tu vida, impidiendo que siguieras por el camino que con sangre y sudor habías limpiado de piedras, tirándotelas todas ellas a la vez encima y obligándote a seguir por otro camino que todavía no estaba en el mapa siquiera. Un camino de quién sabe cuántos kilómetros y jornadas de marchas forzadas. Un mundo comparado con lo cerca que estuviste de tu destino: a nada más y nada menos que 1 cm.
Que la tierra te sea grave, hijo de puta, y algún día alguien o algo te reclame por ello.
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