lunes, 27 de marzo de 2017

Piedras en el camino

Finales de marzo. El buen tiempo se empieza a dejar ver entre un día de viento y otro de lluvia. Hace exactamente un mes y una semana que el que escribe ahora recibió el aprobado de su último examen de la oposición del nivel A1, la categoría más alta en la función pública.


Toma asiento, mientras espera, y echa la vista atrás. Se acuerda ahora del sacrificio contenido en miles de horas de entrenamiento y otras tantas de estudio: El frío, la lluvia y el calor corriendo por el parque; el dolor y los callos en las manos de la barra de dominadas; las lesiones que te lastraban por querer buscar los límites; las noches de viernes y sábados en los que eras el primero del grupo de amigos en irte a casa viendo en la cara del resto una mezcla de fastidio y comprensión (eso, las noches que salías); los madrugones que empalmabas con el café de después de la cena para aguantar un poco más; el día de Año Nuevo consultando jurisprudencia penal mientras tus contactos de Whatsapp guardaban silencio, pasando la resaca de Nochevieja o simplemente en alguna casa rural con sus amigos o pareja; las interminables horas de academia; los viajes a la ciudad del examen y los nervios que te invadían la noche de antes; la tarde que te quedaste dormido en una terraza en una reunión de ex-compañeros de carrera porque habías descansado pocas horas la noche anterior y venías de haber hecho series de fartlek; la sacarina que le echabas al desayuno y el trozo de pizza o turrón de Navidad que no comiste, o el Aquarius que te pediste una "tarde de cerveceo", todo ello porque había que reducir lastre y pulir la forma física; las novelas que no leíste porque, al llegar a la cama, 10 horas diarias de lectura de manuales y Códigos habían copado tu capacidad de lectura ese día; el viaje de verano que no pudiste hacer para jugar un torneo de fútbol con los amigos de siempre porque había que evitar lesiones y una semana de estudio es irrecuperable; la arena que tenía tu Código Penal en septiembre, pues fue el único libro privilegiado que te acompañó cuando tras dos años te diste la licencia de unas vacaciones.

A todo ello le siguieron las satisfacciones y orgullo personal y de familiares y amigos que llegaron conforme aprobabas los exámenes: las pruebas físicas y el test y caso práctico, con holgadas notas que te devolvían todo el esfuerzo y sacrificio y te confirmaban que eso era lo tuyo, que habías elegido tu camino correcto en la vida. Con la ilusión y el derecho de quien ha aprobado una oposición, se formularon enseguida planes en la mente sobre viajes, un modesto coche, cursos sobre algún hobby, financiados con la seguridad que ofrece pensar que por mérito propio aguarda un puesto en la Administración Pública, a la que quieres contribuir por verdadera vocación. No hiciste todo eso para "ser funcionario": ser funcionario era una consecuencia de que te permitieran ingresar en un cuerpo donde servirías al ciudadano y a tu sociedad. Tras tanto tiempo renunciando a ingresos inmediatos, mientras tu círculo tenía vida independiente y disfrutaba de los gastos que podían costearse con su trabajo, ahora era el momento de recibir las primeras recompensas. ¿Era como para estar contento, no?

"I-063, Mesa 4", reclama una voz artificial a través de un altavoz de una oficina pública de empleo. Arrastras tus pies hasta un cubículo donde te espera una de esas personas con toda la pinta de haber opositado, como tú (quizá con algo más de calma y menos callo), pero con el objetivo de vivir bien en la Administración y la sociedad y no para ella. Ni siquiera te saluda. Recoge tu DNI y te medio reprocha que en 3 años no has renovado tu solicitud como demandante de empleo. "Estaba en otros proyectos", empiezas a decir, pero enseguida te lanza una retahíla de categorías profesionales que tú mismo les diste nada más acabar la carrera. Ni siquiera la escuchas, solo quieres que te renueve en tu condición de demandante de empleo, algo que un ciudadano cualquiera podría hacer desde su casa con un ordenador. Te devuelve la documentación y pulsa el botón para que pase a algún otro usuario de los servicios públicos de empleo. De camino a la salida, te detienes a mirar el tablón de anuncios de ofertas de empleo y en apenas 2 minutos te das cuenta de que de ahí no saldrá tu próxima ocupación.

En ese momento ves con nitidez el instante en que un enfermero quiso tomar más protagonismo del que le correspondía en tu vida, impidiendo que siguieras por el camino que con sangre y sudor habías limpiado de piedras, tirándotelas todas ellas a la vez encima y obligándote a seguir por otro camino que todavía no estaba en el mapa siquiera. Un camino de quién sabe cuántos kilómetros y jornadas de marchas forzadas. Un mundo comparado con lo cerca que estuviste de tu destino: a nada más y nada menos que 1 cm.

Que la tierra te sea grave, hijo de puta, y algún día alguien o algo te reclame por ello.

lunes, 20 de marzo de 2017

Melancolía: el placer de estar triste

"Melancolía es el placer de estar triste" - Victor Hugo.


Me gustaría rescatar escritos míos de otros tiempos. Este lleva fecha de 18 de julio de 2010. 


"El lujoso coche negro se detuvo en la calle, frente a la entrada de la casa y apagó el motor. Esta vez, él mismo conducía, había prescindido de su chófer. El frío de los últimos días de otoño era llevadero gracias al sol; le gustaban los días así: le recordaban los tiempos en los que jugaba de crío en el parque mientras su padre leía el periódico y las excursiones de principios de noviembre por la geografía nacional.

Entró por la puerta, dejó la maleta de viaje y la carpeta de trabajo y se quitó el abrigo. Mientras atravesaba el salón, observó las fotos familiares de años atrás, permitiendo que le entrase una sana nostalgia. Levantó la persiana, corrió las cortinas y salió al patio, otrora un jardín bien cuidado y donde había calor humano cuando llegaba el buen tiempo.

Estuvo horas sentado en una de las viejas sillas, mirándolo todo y nada a la vez, pensando. Pensando en los que se fueron, en los que se estaban yendo, en los que se irían, en los que llegaban o en los que estaban por llegar. Pensar en los demás le hizo por primera vez desde mucho tiempo atrás no pensar solo en sí mismo. Pensar en los demás le hizo tragarse su orgullo, abandonar la comodidad de la melancolía que se inflingía en su isla y volver a unirse al mundo.

Quizá las cosas no estuvieran tan perdidas y los viejos tiempos no quedaran tan lejos".


jueves, 16 de marzo de 2017

Blanco sobre negro

Decía en mi última entrada que no todo era desdicha ante los contratiempos, y quizá movido por cierto instinto de supervivencia uno mira a su alrededor, intentando sacar alguna conclusión positiva o, al menos, productiva.

Sea cual sea la bofetada más o menos seria que casi todos recibimos en algún momento, sirve para una suerte de prueba de estrés de la gente que nos rodea, sus lealtades y afectos. Seguramente, en los grandes momentos el teléfono y las redes se llenan de buenos deseos, con diversos niveles de sinceridad. Pero es en las épocas donde volamos rozando el suelo cuando nos retratamos. Al margen del aprendizaje y del crecimiento personal que se obtienen de todo suceso adverso, la experiencia me dice que hay tres grandes grupos de personas de nuestro círculo más o menos próximo atendiendo tanto a nuestras expectativas sobre ellos como a su reacción:

En primer lugar, aquellos de los que esperamos que permanezcan cercanos, atentos a las necesidades, que demuestran una frustración sincera por la actual situación que no deja de ser individual y que nos ofrecen algo tan valioso como su tiempo. Son la guardia pretoriana más cercana y leal, con los que está de más la discreción y el cuidado a la hora de expresarse y de solicitar o aceptar su apoyo. Su papel es muy influyente en nuestro futuro a corto y medio plazo: devolvernos la autoestima, darnos una perspectiva más favorable y, en definitiva, promover que tengamos un pensamiento productivo que ayude a trascender a la siguiente página de nuestra vida. Es importante saber reconocer su papel y ser justo con esas personas, puesto que dan sin esperar recibir y a veces pasan desapercibidos, ya que dábamos por hecho que estarían ahí, atentos al grito de "a mí la legión". Por su propia naturaleza de círculo más próximo, este grupo no suele ni debe ser numeroso -no en vano varios emperadores romanos fueron traicionados por su guardia pretoriana-, pero quizá sí heterogéneo para poder dar diferentes puntos de vista enriquecedores: familia, amigos de la infancia, compañeros, etc.


Por otro lado, puede darse el caso de personas que vienen a agravar la situación. Esperábamos más de ellas, o tan si quiera algo, pero nada bueno viene de allí, si es que viene algo. A pesar de que no es recomendable para el bienestar psicológico de cada uno guardar rencores, conviene prevenirse de estas personas para el futuro. En este sentido, el difícil momento al que nos estamos enfrentando ha hecho el rol de luz ultravioleta, haciendo destacar y fácilmente visibles las manchas y restos de la escena.

Y en tercer lugar, dándole matices positivos a las circunstancias negativas, aparecen personas de las que no esperabas tanto, bien porque la relación nunca fue muy intensa o porque se apagó o estropeó. Demuestran que, pese a no ser partícipes a diario en nuestra vida, nos respetan y estiman por encima de la distancia o el tiempo e incluso algunos de ellos nos tienden la mano generosamente. Es más, en algunos casos nos dan una lección de humildad y bondad, hasta el punto de deshacer prejuicios sobre ellos o también replantearnos si nosotros habríamos hecho lo mismo y si nos merecemos su apoyo actualmente.

Con este tercer grupo también conviene a veces ser precavidos, puesto que puede comprender tanto a personas que son como el sanitario que acude a la sangre como a otros que hacen lo propio, pero como el tiburón. Y es que de igual forma que hay personas de nuestro círculo que solo se dejan ver en los tiempos de bonanza, hay otras, de cuya buena intención tampoco habría que dudar, que solo saben responder cuando oyen graznar a los cuervos. Estos últimos pueden ser un arma de doble filo, dado que nos prestan su apoyo y compañía, pero aun inconscientemente en realidad buscan fortalecer su autoestima por agravio comparativo y sentirse buenos samaritanos. "Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión".

Y para terminar esta entrada que he querido hacer más larga de lo que pretendo que sean las demás del blog, sirvan estas líneas para expresar mi más sincera gratitud a aquellos tanto del primer como tercer grupo: mi propia guardia pretoriana y los que se han acercado para dar su apoyo como mejor han sabido. Me han hecho sentir muy afortunado cuando, como ahora, se pone blanco sobre negro con respecto a quién nos rodea y acompaña.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Un capitán sin tropa

El porqué del título de esta entrada es la misma razón de ser de este blog. Detrás de cada inicio en un blog personal hay un acontecimiento desencadenante concreto identificable por el bloguero en cuestión, y los que escriban sabrán de qué hablo. Mi caso no es diferente al de muchos: una sucesión de acontecimientos que alteran la vida y a los que les siguen innumerables pensamientos, deseos, ideas, sentimientos y experiencias; presentados de forma desordenada y abrumadora para cualquiera. Y por ello, escribir unas líneas sirve -quiero pensar- para poner todo ello en orden.

El Big Bang de este blog es un proyecto de vida truncado. Una ilusión imaginada hace mucho tiempo y perseguida durante casi tres años. Una ilusión casi hecha realidad por pleno derecho y que sin embargo murió aplastada por el frío, insensible y muchas veces injusto funcionamiento del engranaje administrativo. Hasta hoy, nadie ha sabido explicar un motivo coherente que justifique que no podré ser lo que otros sí. Simplemente se me señalaba un subepígrafe de una de las millones de páginas que componen el BOE. Apenas una línea escrita a ordenador puede ser suficiente para tirar por tierra los años invertidos en hacer realidad la ilusión.

Y así es como se hacen los capitanes sin tropa, sin barco en el que zarpar. Un capitán con un rango ficticio para el que ni siquiera hay insignias que poner sobre los hombros, con un uniforme que ya no es sino un disfraz, sin tropa a la que dirigir ni guerras en las que alistarse, contando historias que nadie cree o a nadie le importan y con esa ilusión a la que nos referíamos tan vacía como lleno el orgullo.

Sin embargo, no todo acaba ahí. A todo ello le rodea y le sucede un sinfín de reacciones y nuevas ilusiones. "Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión".

martes, 14 de marzo de 2017

Reencuentro con la pluma

Quisiera dar la bienvenida a todos los que tenéis la amabilidad de entrar a leer este modesto blog. No pretende crear tendencia, ni ganar ningún premio de la blogosfera, ni siquiera conmover o impresionar a los que os acercáis aquí. Es, simplemente, como dice el título, mi reencuentro con la pluma, con ese pequeño gran placer que es dar forma mediante palabras a golpe de tecla a las ideas, sentimientos y opiniones compartibles; sin ataduras o constricciones temáticas ni estilísticas ni compromiso de periodicidad.

¿Por qué volver al universo del blog, tras años de abandono? Como decía Michael Ende en La Historia Interminable: "Esa es otra historia, y debe ser contada en otra ocasión".